Pulsador de alarma

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No es broma… ayer “me llevé a mi casa” este cartelito del trabajo. Sí, ya sé que “está mal hecho”, que es una “acción condenable y execrable”. Todo fuera por una buena causa, aparte de que la empresa realmente no se va a arruinar por tal pérdida. Qué va, de hecho son una máquina perfectamente engrasada para facturar y ganar miles y miles de euros cada mes; mes tras mes. El perfecto capitalismo, pero en este blog no quiero hablar de esto.

Este cartelito, con esta circunferencia o mejor dicho este donut tan rojo y tan visible me va perfecto para… concentrarme. De hecho, cada vez que me tomaba un café de máquina me quedaba observándolo y me abstraía en él. Pero no para perderme en mis pensamientos, o en la constante ensoñación (ese cine interior, proyector/pantalla/sesión continua sin palomitas). No, me abstraía en el sentido de que me ayudaba a concentrarme en mí mismo. Aunque esto es un error del lenguaje, o de apreciación/definición garrafal: no se trata para nada de “mí mismo”, sino del Sí Mismo. La mente se concentra en sí misma, se ve a sí misma. O la conciencia se ve a sí misma, la atención se observa a sí misma observándose.

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La verdad no es…

La verdad es (o podría ser)… La verdad puede o podría expresarse o describirse así:

«En esta ocasión la temática se centra en las pirámides de Egipto, incluyendo los aspectos místicos y esotéricos tan de moda en aquella época y, por supuesto, una reflexión trascendente sobre el hombre como ser frágil y mortal, y sus inquietudes ante el poder del destino y la historia».

La verdad es (o podría ser)… La verdad puede o podría expresarse o describirse así:

«Solo me alegra pensar que la prima de Petronila se ha atascado con esta nueva y aburrida historia y la va a dejar inacabada, como suele. A lo mejor tiene la esperanza de que venga un robot a terminársela como a la sinfonía de Schubert».

La verdad es (o podría ser)…

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¿Qué es la iluminación?

«En principio, hasta encontrar algo mejor, el término “iluminación” podría definirse como un estado mental en el que la ausencia de pensamientos es sostenida, pero las percepciones y los sentidos persisten sin causar interferencias con ese estado mental laxo y sin movimiento, sin pensamientos. Hay atención enfocada en el vacío del propio uno atemporal. No hay un hoy, ni un ayer, ni un mañana, por tanto no puede haber un antes ni un después. Y por supuesto no hay un alguien que perciba todo eso».

Esto no es cosecha mía. No lo he escrito yo. No puedo estar más de acuerdo con esta definición o descripción. Es tremendamente acertada, y además clara y sencilla.

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El bebé y el incendio (3)

Finalicé contando que la fábrica protagonista de estas entradas se quemó y quedó totalmente destruida e inservible en 1876. «Sin embargo puedo decir que yo pude ver cómo ardía esa fábrica… ».

Así es: tengo la imagen, la vivencia, el recuerdo clarísimamente grabados en la memoria. Lo vi y lo viví, sin ningún género de dudas. Pero no el incendio del año 1876, como es lógico. La fábrica sufrió algún incendio de mucha menor envergadura poco después de nacer yo. No tengo la certeza fehaciente ni los datos irrefutables y objetivos. Lo he buscado en internet y no he encontrado información al respecto. Seguramente para encontrar la información precisa debería ir al ayuntamiento de Gracia o a algún tipo de archivo o hemeroteca probablemente situada en el mismo barrio para investigar el asunto a fondo. Es algo que en parte me intriga, de tanto en tanto le doy vueltas. No descarto hacerlo algún día. Sin embargo, hoy por hoy no me apetece, así que ese rigor plenamente histórico y científico no va a respaldar mi historia. Será la pata, o una de las patas, por la que puede cojear mi relato.

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