El despertar final de Adyashanti

Hace un par de noches me atrapó por completo una entrevista. Es hermosa, interesante, emocionante, instructiva, tierna, alentadora… de esas cosas que uno lee y que le dejan una grata huella; de esas cosas que —por lo menos al que escribe— le invitan y le lanzan a la reflexión profunda. Me dio por curiosear en otro blog que ha sido un muy agradable y fructífero descubrimiento: JUGANDO ALEGREMENTE. En realidad hay dos entrevistas y me leí solamente la segunda (aquí está). Según el titular del blog, esta segunda entrevista a Adyashanti aparece al final de uno de sus libros más famosos, “La danza del vacío” —Emptiness Dancing—. La realiza Tami Simon. Por supuesto recomiendo de todas todas su lectura. Como he dicho, explica cosas muy hermosas, y voy a poner aquí una de sus partes más relevantes. Quien tenga interés en la otra entrevista, aquí está (sin duda alguna me la leo en estos próximos días).

Adyashanti es el nombre que adoptó el maestro espiritual californiano Steven Gray. Vocablo sánscrito (आध्या शान्तिः) que significa “paz primordial”. Gray, nacido en 1962 en Cupertino, California, practicó la meditación zen durante quince años. Algunos le consideran un maestro “post-zen”, pero no voy a entrar en estas disquisiciones, entre otras muchas razones porque no tengo ni idea de tales asuntos. Justamente esta segunda entrevista versa sobre su infancia, el ambiente y familia en los que se crió y sus primeras experiencias espirituales, así como influencias, lecturas y en general su devenir y trayectoria. Y es en esta entrevista donde explica con bastante detalle que experimentó mayormente dos despertares. El primero, tras una intensa lucha o esfuerzo personal sobre el cojín de meditación, el cual le llevó a rendirse porque comprendió que jamás se iluminaría, que no podía hacerlo… Ah, y al entender esto todo se relajó y entendió qué era aquello o a quién había estado buscando: ¡a sí mismo! Pero en ese esfuerzo llegó a la extenuación mental y puso toda la carne en el asador. Lo volveré a decir: hermoso, interesante. Años más tarde experimentó lo que se puede considerar un despertar definitivo o completo. Y es esta parte de entrevista la que voy a transcribir. Evidentemente entender todo el contexto implica leerlo entero.

adyashanti1-730x400

Allá va…

TS: ¿Puedes describir lo que sucedió?

Adya: Fue muy sencillo y, en realidad, empezó antes de producirse. La noche anterior, justo antes de disponerme a dormir, me senté al borde de la cama y pensé lo siguiente. No fue un gran pensamiento ni una gran visión, sino algo muy sencillo, totalmente fuera de contexto respecto a lo que me estaba pasando en ese momento. Pero tuve un pensamiento que decía: «Estoy preparado». Lo sentí literalmente, en cinco segundos lo sentí. Y me dispuse a dormir, aunque la sensación de «estoy listo» era muy plena y simple. No se trataba de la mente ni del ego diciendo: «¡Estoy preparado, listo para atravesar las puertas!». Fue un instante sencillo, inocente, como un regalo. Un hecho. Sólo un pensamiento: «Estoy listo». Y no le di más vueltas. No captó mucho mi atención, aunque sí fui consciente de él. Así que me dispuse a dormir.

Al día siguiente me desperté temprano. Iba a ver a mi maestra, y en esas ocasiones solía levantarme pronto para meditar un poco antes de ir a verla. No estaba pensando en nada en concreto, simplemente me senté y a los treinta segundos oí un pájaro. Un simple gorjeo. Y surgió una pregunta, más de las tripas que de la mente, que no había oído nunca, que no había usado nunca. La pregunta que surgió espontáneamente decía: «¿Quién está oyendo este sonido?». Y cuando surgió la pregunta, todo se volvió del revés, o se quedó patas arriba. En ese momento el pájaro, el sonido y el oído se hicieron uno solo. Tuve, literalmente, la experiencia de que todo era lo mismo… el oído no era más yo, más que el sonido o que el pájaro o que cualquier otra cosa. En un instante, de forma muy repentina, todo se hizo uno.

A continuación percibí el pensamiento. Estaba tan lejos que ni siquiera sabía de qué se trataba. Pero había pensamiento y podía darme cuenta de que yo no era eso. Eso es pensamiento. Y lo que se despertó, lo que estaba despierto, no tenía nada que ver con ese pensamiento que simplemente acontecía. Eran dos cosas totalmente distintas. En el pensamiento no había ninguna identidad. Así que al cabo de unos minutos me levanté. Y, literalmente, a mi mente le venían ideas como de un niño de cinco años. Muy curioso. «Me pregunto si estoy en el horno», pensé. Así que fui corriendo a la pequeña zona de cuarto de estar y cocina y, sin lugar a dudas, el horno era esto. Me dirigí corriendo al baño y miré el inodoro, pues estaba intentando encontrar algo que no fuese nada espiritual, y pensé: «Demonios, el inodoro es esto». Abrí la puerta del dormitorio, miré en su interior y vi a Annie, mi esposa, que estaba durmiendo, y me dije: es ella. Ella es esto, y es igual. Seguí andando por nuestra casita de 137 metros cuadrados, en la que habíamos vivido durante seis años y medio, miré la casa por todas partes y todo era esto, todo era lo mismo. Así que ahí me encontraba yo, curiosamente carente de emoción alguna. No experimenté ningún ¡bravo! ni ¡oh, Dios mío! Nada de eso. Lo veía todo perfectamente claro y no lo confundía con ningún estado de la experiencia, pues no se trataba de ningún estado. Entonces di unos pasos por el cuarto de estar, pues podías recorrer su largo en tan sólo unos pasos, y la conciencia se despertó por completo en esos pasos. No lo puedo describir fácilmente, pero estaba totalmente separada del cuerpo, totalmente separada. En ese momento vi una serie de imágenes y lo supe, lo que estaba despierto supo de inmediato que me había quedado atrapado en esas imágenes, a las que podríamos llamar encarnaciones. Yo me creía eso. Estaba dormido en esas imágenes, podía ver con claridad que yo no era eso. Ya no seguía atrapado en ellas. No estaba confinado por ninguna de esas formas, ni siquiera por la actual. Y veía que la forma actual no era más importante o real que la de hace cincuenta vidas. Y ahí estaba esta conciencia, sin más, sólo ella. Ninguna forma, ningún perfil, ningún color, nada. En ningún sitio pero en todas partes. Y en ese momento supe que aunque esta conciencia lo era todo, también estaba por encima de todo. Que aunque esto desapareciese del todo, aunque desapareciesen todas las formas y todo lo que veía, esto no quedaría reducido, ni siquiera un poco. Así es, básicamente, cómo se produjo mi despertar.

Me sentía grande, fuera del cuerpo, como si éste existiese dentro de esta conciencia o espíritu. En vez de estar yo en el cuerpo, el cuerpo estaba en la conciencia. Entonces, en medio de todo esto, esa conciencia regresaba al cuerpo. Seguía estando fuera, pero ahora estaba dentro y fuera. No se limitaba a quedarse fuera, volvía a entrar, pero esta vez sin ninguna confusión, sin ninguna identificación. Era como cuando te vistes por la mañana: simplemente te pones la ropa. No te crees que tú eres esa ropa; la ropa no es más que lo que llevas puesto. Y vi clarísimamente que esta forma, esta personalidad en concreto, este tipo formalmente conocido como Stephen Gray, no era más que la ropa. Ésta es su encarnación actual, llevará puesto esto y funcionará con esto. Lo más agradable fue la alegría que sentí. ¡Me sentía tan feliz con la ropa, con la encarnación! La personalidad me daba mucha intimidad y me sentía tan feliz como un niño. Como cuando una niña se pone un disfraz de Cenicienta, se mira al espejo y siente: «¡oh, es genial!». Tuve, exactamente, esa misma sensación de asombro en relación a la forma.

Después, lo último que hice fue dar otro paso, y entonces sentí como si éste fuera el primer paso que hubiese dado en la vida. Sentía como si acabase de salir del útero. Igual que se siente un bebé tras poner el pie en el suelo por primera vez. Miré mis pies, literalmente, y caminé en círculos, pues me parecía un milagro (la sensación de los pies en el suelo y la sensación de caminar eran un verdadero milagro). Y cada nuevo paso era como el primer paso. Todo era nuevo y todo iba asociado a esa sensación de intimidad, de maravilla y de comprensión.

Todo esto ocurrió en una rápida sucesión. El despertar de la forma, la unidad con la forma y la comprensión de que yo no soy la forma. Todo era bueno. No necesitaba estar fuera del cuerpo; no necesitaba ir más allá de nada porque esto era todo. En ese preciso momento supe que esto es un milagro: esta vida, este cuerpo. Esto es el cielo, por muy desordenado que parezca, por muy tonto que pueda ser, con toda su maravilla y todo su horror. Ésta es la gran broma. Estamos caminando sobre la mano de Dios y seguimos buscándole.

adya-quote2

Eso fue todo. En realidad fue muy simple. Muy, muy simple. También trajo consigo el disfrute de lo ordinario. Ya no necesitaba que ocurriera algo extraordinario (ya no necesitaba experiencias extraordinarias, simplemente disfrutaba de lo ordinario). Podía ponerme a hablar de las (así denominadas) verdades espirituales o de fútbol, o irme de compras… de pronto ya no me importaba nada. Y hasta la fecha, aunque en general nadie me cree, con frecuencia digo lo siguiente: «Para mí, estar en el satsang o hablar de cualquier otra cosa es lo mismo». Lo ordinario se vuelve plenamente gratificante. Evidentemente, si veo que alguien se ilumina o que se transforma un poco, eso es muy gratificante. Es una especie de acontecimiento destacado, pero hay un amor por lo ordinario que es muy sencillo, y para mí ésa es una de las cosas más bellas, pues ya no necesito que sucedan cosas extraordinarias en mi vida. El mero hecho de existir ya es una especie de milagro.

TS: Adya, a esto le has dado el nombre de «despertar final», ¿pero qué ocurriría si en las próximas décadas experimentaras otros despertares que te revelasen una dimensión aún más profunda de la realización? ¿Lo crees posible?

Adya: Me alegro de que hayas sacado el tema. Lo llamo final por una razón. Cuando digo final no quiero decir que no pueda haber otro despertar. Evidentemente, eso es posible. ¿Quién sabe, verdad? No lo sabemos. Al fin y al cabo, esto es infinito. Pero lo que quiero decir con final es que este despertar me hizo ver lo que soy con total claridad. Lo comprendí sin asociarlo a ninguna emoción, en un estado completamente puro. Sin ninguna energía asociada. Sin ninguna euforia. Cuando digo final me refiero a que lo vi con claridad. No podía seguir buscando nada; ya no me quedaba ninguna pregunta espiritual por responder. Así que lo llamo final porque lo sentí como una línea de demarcación a la que me condujeron una determinada vida y un determinado viaje y, desde que sobrepasé esa línea, ya nada fue igual que antes. Ese viaje, tal y como lo había comenzado, había llegado a su fin de una forma clara y evidente. Se había acabado. Y no regresaría nunca. A eso es a lo que me refiero cuando lo llamo final. ¿Significa eso que no queden más cosas por ver? Siempre queda algo.

TS: Decías que cuando tuviste tu primer despertar, con veinticinco años, te diste cuenta de que tú eras lo que buscabas, aunque seguías haciéndote la pregunta de «¿qué es esto?».

Adya: ¿Qué es esto? Sí.

TS: ¿Qué descubriste, entonces, en tu despertar final?

Adya: Es una buena pregunta [risas]. Voy a contestarte de la mejor forma posible, pero esa pregunta no tiene respuesta.

TS: Pero ya no te sigues haciendo esa pregunta.

Adya: No, lo divertido de la respuesta es que la pregunta desaparece. Ésa es la respuesta a la pregunta. No obtienes ninguna respuesta correcta que te permita metértela en el bolsillo.

(…)

Como ves, no le podemos dar ningún nombre. No podemos decir nada sobre el potencial puro. No hay nada que saber. Sólo podemos saber algo cuando el potencial se manifiesta y se convierte en algo. Pero antes de eso es puro potencial. Es puro vacío o pura inteligencia, o como quieras llamarlo. Para mí, ésa es la paradoja: he llegado a saber lo que soy, pero sé que soy lo que nunca se podrá conocer, porque ésa es su naturaleza. Y lo divertido es que, de algún modo, terminas donde empezaste. Empiezas sin saber quién eres o cuál es la última realidad. La diferencia es que terminas sabiendo que eres lo que nunca se podrá conocer. Así que el misterio se hace consciente, se despierta. Se conoce a sí mismo, es el «YO SOY» tal y como aparece en la Biblia. Pero no puedes percibir ninguna definición; no es más que «YO SOY». Es el misterio autoafirmándose. Eso es todo.

dlk4hw_xsaacr2c

Así es. ESO puede experimentarse. El misterio, el SER que siempre es, antes del pensamiento o de esta u otra vida, de esta u otra forma. No puede ser captado o atrapado, mucho menos conceptualizado, pensado o descrito, pero puede despertarse y hacer que la mente sea consciente de ello en un instante que ciertamente es atemporal, como un fogonazo. Hablando en propiedad es la mente dormida la que despierta a la auténtica realidad, o el SER que se hace consciente de SÍ MISMO a través de la mente. Que la gracia de esta comprensión, de este “descubrimiento”, de esta luz o claridad, de la “iluminación” —la palabrita— alcance a todos los seres.

2 comentarios en “El despertar final de Adyashanti

    1. Ahí está, sí… aunque ya sabes que la palabra “Dios”… Exacto, lo que describes tú es “ignorancia”, “olvido”, “despiste”, “inconsciencia”, “error”, “falsa identificación”… ni más ni menos que creerse y sentirse separado. Como las gotas del océano que no se saben parte de él.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s