Oh, maravilla de las maravillas…

Lo que voy a relatar ahora (acabo de decidir escribirlo, hace unos segundos) me sucedió hace menos de un mes. Jamás imaginé que experimentaría tal cosa, porque era algo en lo que no he “meditado” (o contemplado) apenas durante el transcurso de mi vida. Al contrario, en contraposición a lo que voy a explicar, sí que he tenido muchas veces la inequívoca sensación y certeza ¡y experiencia, esto no es una mera idea!—  de que mi verdadero Ser es el Sí Mismo, una Conciencia absoluta e impersonal que está más allá del pensamiento intelectual. Y así lo he reflejado en este blog varias veces: diciendo que cuando miro cualquier cosa u “objeto” (la cama, una silla, el router, mi mano… ) en realidad es esa Conciencia la que se está observando o mirando a sí misma. Y sigo convencido de ello; para mí está más claro que el agua.

Pero no es esta la experiencia que ahora voy a contar. Es cierto, y esto también lo he comentado en este blog, que “utilizo” una serie de frases o pensamientos cortos, a modo de “mantras” que me repito, para aleccionar o entrenar mi mente e intentar estar más despierto. Disipar las telarañas, la neblina, las ilusiones, el autoengaño, la ignorancia, el equívoco fundamental sobre la propia identidad que todos los humanos arrastramos y sufrimos. Elige el vocablo que más te guste. Los utilizo. No como un poseso, un loco, un tío obsesionado o desequilibrado, un pirado o friki. No a todas horas, en otras palabras. Por Dios, eso sí sería para volverse loco, aparte de absolutamente agotador. A la mente hay que ir entrenándola poco a poco, ir enderezándola para que empiece a asumir la verdadera naturaleza de las cosas. Esas ideas, preceptos, pensamientos, hechos y pretendidas verdades que pregono aquí (y de las que estoy firmemente convencido). Digo esto de los “mantras” por dos razones fundamentales. La primera, porque es absolutamente cierto que lo hago, y quiero ser claro y honesto al respecto. Y la segunda, porque quiero disipar o alejar ciertas dudas o una interpretación errónea de este hecho (el que utilice mantras o pensamientos que me repito)… La interpretación errónea, o la impresión que podría dar o generarse y que me parecería equivocada, es la de que lo que me pasó sea fruto de una fuerte autosugestión. Que quiera estar convencido, que quiera creer en estas cosas y por tanto “experimentarlas”, o creer que efectivamente las experimento. No, no son así las cosas. Por supuesto, hay una influencia, porque esos “mantras” ejercen una función y tienen unos efectos, paulatinos pero inequívocos. Se trata de “un trabajo”, se trata efectivamente de “un entrenamiento”. Se trata de cada golpe, puñetazo, codazo, arremetida con la espada y con el escudo, palmo de terreno que avanzo en esa que es la madre de todas las batallas: vencerse a uno mismo. Es todo eso, pero para nada es autosugestionarse, autoconvencerse (y por tanto engaño, ilusión… ); para nada es “comerse el coco”, “hipnotizarse” o “lobotomizarse”, volverse un fanático o  una especie de pirado o zombie que se cree iluminado a tope las 24 horas del día. No, de momento no soy pura luz o una especie de bombilla humana que brilla a 1 000 vatios. Aunque “sepa” y experimente que soy el Sí Mismo, aunque sepa que mi naturaleza es Luz; aunque sepa y concuerde con el Buda —nada menos— en que “luminosa es la mente”. Y lo es, joder si lo es. Pero para llegar a darse cuenta de ello y vivirlo hay que currárselo. La Mente, dicho sea de paso recordémoslo— es Sat-Chit-Ananda (Ser-Conciencia-Beatitud), algo explicado y pregonado hace cientos y miles de años por místicos y ascetas del Hinduismo o de la India, por ejemplo. O en otras palabras, es gozo, fruición. ¿Qué hay que hacer? Pues hay que hacer limpieza. Hay que eliminar todo lo que sobra (y nubla). Hay que, en palabras del Buda, eliminar todas las impurezas entrantes.

Bien, quería dejar claro con toda esta larga explicación que lo que experimenté no es producto de tener el coco comido, de una fuerte autosugestión o casi hipnosis ideológica de índole espiritual. Sería causar una impresión equivocada y sería una lástima que eso pasara; aunque por otro lado no sería una catástrofe irreversible o insalvable. Además lo que sucedió sucedió, eso es indefectible, y va a quedar ahora por escrito.

¿Y qué sucedió? Pues estaba en el metro, sentado. Iba a trabajar. Y de repente, y sin previo aviso, experimenté ¡¡ex-pe-ri-men-té!!—, vi, supe de forma clara, evidente e inmediata que no hay yo, que no existe ningún yo. Repito: lo experimenté, lo vi, lo saboreé. No lo pensé, no fue una idea o frase en mi cabeza ni nada de carácter “racional” o verbal. Que quede claro. Por supuesto, “que no hay yo” aplicaba y concernía a mi propia experiencia en ese momento, a mi ser, estar, a mi situación vivencial, la de estar viajando sentado en metro. Aplicaba a mi persona o identidad; aplicaba a mi… ¡¡yo!! Este sí que es un chiste malo. Ese “yo” sería ficticio, imaginario, inexistente.

Lo experimenté por fracciones de segundo, pero fue fascinante. Me quedé embobado, sorprendido, encantado; no podía creerlo. Ya he dicho al principio que jamás imaginé que experimentaría esa ausencia de yo (Anatman o Anatta) así por la cara. Por supuesto, fue brevísimo, y al cabo de unos instantes volvió la sensación del “yo”. Volvió, por utilizar otras palabras, a funcionar la mente en su configuración o paradigma habitual. Aparte del descomunal asombro y deleite, sentí tres cosas de forma muy clara: la primera, una inmensa alegría; la segunda, una paz profundísima, desconocida hasta ese momento; y la tercera, una sensación de liberación o de libertad absolutamente brutal. Es normal que experimentara esa paz y esa liberación; es como si un inmenso tinglado que es superfluo y artificial de repente desapareciera. Podríamos decir que un lastre de incontables toneladas se desprendió, y la ascensión en globo fue maravillosa.

Una parte ínfima de mi mente, o la parte que observaba, la parte también racional, que no desapareció del todo, intentó entender (sin absolutamente ninguna palabra interna) cómo era eso posible, cómo podía explicarse. Cómo es que la Realidad era así y funcionaba así, tan ancha y tan pancha la muy rica. El feeling que tuve, al que le puse palabras al cabo de unos segundos, fue que la Realidad funcionaba por sí sola, por sí misma. Podemos decir de forma autónoma, automática, libre, incondicionada, espontánea, impersonal. Todo ello a la vez; una mezcla de todos esos aspectos. No había necesidad alguna de un yo o sujeto: quedó demostrado y claro empíricamente, sin duda alguna. Bien, este increíble episodio fue fundamentalmente experiencia, conciencia y observación. Todo ello sin necesidad alguna de centro u observador, aunque estaba siendo observado. ¿Por quién? ¡¡Al carajo!! No hay la más mínima necesidad de asignar, señalar o localizar a un sujeto: ahí está uno de los principales obstáculos mentales (o fijaciones) que bloquean este asunto. Y estaba claro, porque jamás desapareció, que había y hubo Inteligencia en todo momento.

Bien, y repito por última vez: se constató que la Realidad es de forma espontánea, impersonal, sin centro alguno. Por más que lo ponga en palabras el feeling no puede trasmitirse. Alguien me dijo días después que esto es lo que se conoce como un kensho en el budismo zen: un atisbo, un flash, un insight, un momento de claridad mental o de iluminación, de realización (darse cuenta de cómo son las cosas en verdad). Esto no es estable ni definitivo ni lo último, supongo. En la vida de un buscador espiritual puede haber cientos y miles de pequeñas realizaciones, de múltiples “darse cuenta”, de reajustes en la configuración. No, no me quedé anonadado ni medio tonto, ni grogui, ni me desmayé ni entré en un estado de concentración o éxtasis (ojalá): todo volvió a la más absoluta normalidad al instante.

Pero sucedió, es inequívoco. De alguna manera, la mente “saltó” espontánea y súbitamente al estado natural por excelencia. Es verídico, creo que no hace falta jurarlo por Snoopy ni Dios ni Buda. Fue hermoso, fue sorprendente, y como es de naturaleza espiritual, o liberadora, aquí queda plasmado en este blog. Tampoco la motivación de fondo es contarlo para fardar o presumir. Y ojalá se repita, claro. No me extiendo más. Contado está. Y colorín colorado… aún estoy maravillado.

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2 comentarios en “Oh, maravilla de las maravillas…

  1. Me alegro de ese momento y espero que se produzcan más.
    Hay un blog en wordpress que se llama “madridremix. Mi libro de horas”, tiene hoy una entrada sobre la Iluminación que puede que te interese.
    Estoy, creo, muy lejos de esto que cuentas.

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    1. Hola y gracias. Pues sí, fue una experiencia totalmente alucinante, muy sorprendente, y desde luego muy fugaz pero tan clara como la luz del sol. Espero que vengan más. Esa forma de ver, sentir o experimentar las cosas de alguna manera queda enmascarada: por nuestra forma de ver la realidad, por los conceptos y pensamiento racional, obvia decir (y el pensamiento de la existencia de un yo), por nuestra “configuración mental”, enfoque que cada vez veo más ajustado. Pero creo que ese “salto” puede producirse o puede ocurrirle a cualquiera. Obviamente si trabajas o te preparas para ello, mejor. Como se dijo en el blog de Tao, aunque la iluminación pueda producirse espontáneamente, si las musas te pillan trabajando mejor que mejor.
      He buscado esa entrada y acabo de leerla. Gracias por reseñarla. Está muy bien, aunque no le daría a esto un enfoque preferentemente cristiano, francamente. Ya sabes mi enfoque preferente. Me ha parecido muy bueno este trozo:
      “En lugar de perseguir la luz, simplemente dejamos que, espontánea y naturalmente, llegue, como un instante de lucidez y de descubrimiento. El mundo y uno mismo aparecen con una luz distinta, todo es diferente. De repente, miramos nuestra vida con otros ojos”.
      Y también me ha parecido muy interesante lo que dice al final: que es una experiencia que no crea o engendra memoria. Nunca lo he formulado así, pero así es. En esa experiencia lo que eres no puede ser captado o atrapado por el pensamiento racional. No hay idea, no hay imagen, no hay dualidad a nivel mental. La primera experiencia de despertar que tuve, en mi adolescencia/juventud (la potente, la que inicia todo esto y tengo pendiente relatar con algo de detalle aquí) se caracterizó por esto que acabo de decir. Uno de mis mantras, que justamente refleja esto,es: “No Ver, Solo Ser”. Cuando no te preocupas de verlo, registrarlo, captarlo, pensarlo y conceptualizarlo, entonces simplemente eres. Siempre estamos sometidos al filtro del pensamiento, de crear una dualidad (alguien que ve y algo que es visto, incluso nosotros mismos experimentando o viviendo) y esto justamente es desdoblamiento, falsedad, como me gusta decir. Y así sucedió aquella vez: una “explosión” o fogonazo de conciencia en que conecté con mi ser sin mediación alguna del intelecto, sin pensarlo. Observa que solemos pasarlo todo a través del filtro del pensamiento, de manera que el 99.99% del tiempo casi diría que nos pensamos en lugar de vivirnos. O vivimos y al mismo tiempo lo conceptualizamos, creamos la película mental de lo que sucede (el registro, la memoria) y ese es el gran fallo, lo que nos nubla el ser directamente. Pero… pese a toda esta parrafada de ahora, lo experimentado en el metro fue ligeramente diferente. Y en cuanto a las reflexiones de ahora, pues justo Ramana lo formula aquí a la derecha:
      «No pienses que eres, sé. No pienses en el ser, tú eres».
      Solo son nubarrones, nubarrones… un día puede hacerse un claro. Por eso una de las máximas del despertar es paradójicamente “no hay nada que alcanzar”.
      Namastebesos y gracias por leer mis historias.

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