El sabio y el anillo

Rescato esta historia de cierto blog. Es una entrada publicada en el 2011 por Jesús Miravalles Gil (tiene diversos sitios de temática espiritual).

Sabiduría zen. Hermoso, acertado, profundo. Allá va…

—Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

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Me pierdo

Olga Rubal parece que es —si no lo he entendido mal— profesora de inglés, pero también y no menos, escritora, dibujante y bloguera. Anteayer por la tarde «me perdí» durante un buen rato por su blog, un sugerente e interesante espacio donde se combinan acertados y reflexivos textos —o poemas— con fantásticos dibujos hechos por ella misma.

Quiero rescatar y resaltar un fragmento, de esta entrada en concreto, un escrito que me ha encantado por su notable sensatez y reflexividad. Pero después de citado se entenderá el motivo de haberlo hecho. Porque Olga, sencillamente, «lo clava»…

«… finalmente y en este momento presente, al entrar de nuevo en un aula o al enfrentarme a un alumno en sus necesidades particulares, me recordó lo bien que me sentía en esos instantes. Solo puedo compararlo a cuando dibujo. Me pierdo y me desvanezco. Me olvido de mí misma para ceder ante lo que surge. No me ocurre cuando escribo. Es tan sencillo como eso. Encontrar tu elemento».

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La leyenda de San Virilo

Acabo de leer algo que me ha llamado mucho la atención y que me ha encantado. Voy a reproducirlo aquí. Vitolosa (Virtudes Torres) en su blog narra de una forma muy resumida la leyenda de San Virilo. Aquí está:

«Aquel monje quedó extasiado oyendo cantar al ruiseñor. Tomó camino de retorno hasta el convento. Cuando llegó no le conocían. Él tampoco reconocía a nadie, nada era como lo había dejado apenas unos minutos antes.

Miraron libros, fechas, nombres, y por fin encontraron el suyo. ¡Había desaparecido hacía trescientos años!».

Esta fascinante historia podría interpretarse de diversas formas; o son varias las posibilidades que ha manejado mi mente. La primera y más obvia es que ese hombre santo, efectivamente, viviera lo que se conoce como un salto en el tiempo, o un viaje. Una anomalía —no espaciotemporal sino simplemente temporal—, que experimentara un salto en el continuum, o como mínimo una alteración en la percepción del tiempo (lo que para él fueron minutos o instantes para otros fueron cientos de años; lo cual enlaza también con la teoría de la relatividad de Einstein).

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