¡Solo hay pensamientos!

Esta pasada noche, como muchas de estas últimas noches, ha sido absolutamente extraordinaria, maravillosa, dichosa, hermosa… Como muchas de estas últimas noches, me han dado las dos y las tres de la madrugada despierto. De hecho, muy despierto, notablemente despierto. En plena crisis sanitaria por el coronavirus, no tengo obligación alguna de madrugar ni de hacer nada específico. Qué suerte, lo sé. En plena crisis sanitaria por el coronavirus, nada altera mi “camino”, mi “progreso” interior, mental, espiritual, en pos de mi verdadera identidad, de la verdadera naturaleza de la mente. La Mente… y no hay nada más que la Mente, y esto no es pura habladuría. Sí, trabajando a toda máquina en pos de esa paz, de ese silencio, de esa claridad, de esa apertura, de esa comprensión cabal. En lugar de en una cueva del Himalaya, en una cueva del Carmel barcelonés. El “confinamiento” está en la mente; la soledad en verdad está en la mente, como expuse un día hace meses: en los contenidos, en la agitación o la paz reinantes.

Me meto en la cama, a las tantas, después de ver un capítulo de Killing Eve en rtve.es. Pero estoy muy despierto; mi mente está perfectamente lúcida, y sin gana alguna de dormir, pero tampoco de empezar a vagar erráticamente. Y pronto siento la “llamada” (¿?), la “aspiración”, la “conexión”… quizá la necesidad, quizá lo inevitable, lo que tiene que suceder. Pese a que estoy mucho más instalado en el silencio mental, habiendo superado en buena medida el parloteo absurdo, la emisión de juicios y pensamientos, esta estabilización no es perfecta ni permanente. Debo utilizar mantras, pensamientos, frases, para ir repitiéndolos y así afianzar ese estado de pura conciencia (sin pensamientos), de solo-ser… Es como afinar un aparato, o el dial para sintonizar plenamente una emisora. La mente debe trabajarse, afinarse, fortalecerse, disciplinarse, sin duda alguna, igual que fortalecemos los músculos haciendo ejercicio. Y así empiezo a repetir, con mucha calma pero a la vez con firmeza…

Ni pensar, ni rumiar*, ni dividir, ni buscar. Ni pensar, ni rumiar, ni dividir, ni buscar.

*Un día espero hablar del rumiar…

Ninguna imagen mental. No a la imagen mental; no al personaje mental. Ninguna imagen mental. No a la imagen mental; no al personaje mental.

Ni imágenes, ni partes; ni división, ni dualidad. Ni imágenes, ni partes; ni división, ni dualidad.

Sonará a marciano, supongo. Pero funciona; a mí me funciona. Estabiliza mi mente, la apacigua. Sigo, seguía anoche…

El pensador es los pensamientos; el sujeto es el objeto; la pregunta es la respuesta.

“Soy” Todo. Es un Todo, sin partes. Solo la Realidad, el Sí Mismo, impersonal. Un Todo; no hay partes.

Y sigo…

El pensador es los pensamientos; el pensador es los pensamientos; el pensador es los pensamientos; el pensador es los pensamientos.

Poco a poco “mi” mente (la Mente, insisto y repito) va entrando en un estado de calma, de impersonalidad, de uniformidad y estabilización, de ausencia de pensamientos “ordinarios”. Y de repente, se produce algo: un cambio, un clic, un verdadero salto; un cambio en la cualidad de lo que sientes y percibes, de cómo te sientes y percibes; de cómo lo percibes todo, la realidad.

De repente la reflexión o mantra el pensador es los pensamientos adquiere otra forma y se ve clarísimo; se produce una gran comprensión, pero no solo a nivel intelectual de ideas o conceptos, sino —insisto— en la cualidad o la forma en que sientes toda la realidad. De repente se produce un salto más allá de las ideas, hacia un estado de solo-ser, de pura conciencia, de no división. De repente la evidencia ya no es solo mental, sino brutalmente directa, empírica, innegable…

¡Solo hay pensamientos! ¡Solo hay pensamientos! ¡Solo hay pensamientos! ¡Solo hay pensamientos!

La implicación o el significado profundo de esto es brutal: el pensador es los pensamientos; no es nada separado ni distinto de los pensamientos; de existir “un pensador” o un sujeto o núcleo, éste es ni más ni menos que la corriente continua de pensamientos; no hay diferencia alguna. Es decir, se comprende, se vive, se experimenta que ¡no existe en absoluto ningún “yo”! ¡No hay yo separado, aparte!

Ja ja ja ja ja ja… un momento, un momento… no, no es que exista por ahí un “yo” que se da cuenta de que no hay “yo”, pues esto es un sinsentido total: es que se comprende que en verdad no hay ningún “yo”. Dicho en otras palabras, la realidad, la Mente, la Conciencia son absoluta y totalmente impersonales.

Se comprende que la realidad o la mente son absolutamente impersonales y que en verdad no hay ningún “yo” (ambas cosas son absolutamente equivalentes y se experimentan a la vez). Al mismo tiempo, surge otra reflexión de esta claridad: lo que entendemos por “yo” es pura hipnosis; lo que entendemos por “yo” no es ni más ni menos que la persistencia en esta hipnosis, en esta idea fija, en esta ilusión. La “magia” o el “sabor” de entender y experimentar todo esto es maravillosa: hay tanta paz, tanto gozo, tanta libertad… Lógico que haya tanta libertad, pues el “yo” es la fuente del conflicto, de la división, como decía nuestro querido Krishnamurti. El “yo” es la división misma, un constante apartarse, la idea mental fija (o fuertemente configurada o arraigada) de que “un sujeto u observador” existe completamente aparte. Repito lo dicho, y sobre esto merece la pena reflexionar: es la persistencia en esa hipnosis.

Ahora ya no importa que surjan pensamientos, del tipo que sea: solamente hay pensamientos; es como la corriente de un río. Y este estado se denomina Un-Sabor; también “entrar en la corriente”…

«También sería equivalente a la entrada en la corriente (Sotapanna) del budismo primigenio, que indica también bellamente ese nuevo fluir que ocurre, donde el practicante ya siente o empieza a sentir lo que es realmente fluir con la realidad sin oponerle resistencia. (…) La maduración total de esta fase ocurre en ese momento puntual en que la mente despierta deja de ser el estado “al que vuelves” y pasa a ser tu estado base, quién crees ser de forma permanente».

He intentado transcribir y plasmar a través del lenguaje la pureza y la belleza de ese estado, de este estado, de la experiencia. En la medida de lo posible. La sensación de “impersonalidad” o ausencia de sujeto es fascinante, maravillosa, auténticamente liberadora. Insisto una vez más en que no son meras “ideas”, pensamiento, sugestión o “tener el coco comido y sorbido por tal o cual doctrina”. Vamos, espero que no… estoy seguro de que no, pues hay evidencia, y experimentación empírica y pragmática; se produce un verdadero salto, no encuentro una palabra mejor; un cambio cualitativo muy apreciable.

Entonces me da igual que me den las cuatro de la madrugada: no quiero “salir” de ahí, abandonar ese estado. Me da pena pensar que “se perderá”, que volverán los pensamientos ordinarios… Aunque esta última aseveración es incorrecta: no se trata de que los pensamientos ordinarios vuelvan, pues siempre, siempre están ahí: es la evidencia, la claridad de esa impersonalidad (o ausencia real de sujeto) lo que ha sobrevenido y traído esta paz, esta ecuanimidad, esta libertad y este espacio. Es esto lo que puede “perderse” y a lo que hay que “volver” a base de trabajar en ello. En realidad son mero producto del pensamiento (ideas) las nociones de “perder” ese estado, de “volver” a él, de “buscar” y “alcanzar”. Porque ese estado se va estableciendo más y más como una base, y los pensamientos se antojan como puro humo, como nubes que aparecen y se van. No hay problema con los pensamientos o las nubes: el verdadero “problema” es justamente el pensamiento de que “existe un yo”… pues eso desencadena toda la división, crea la dualidad en la mente (y eso nos lleva al sufrimiento, al buscar, a la aparente ignorancia).

Con más y más claridad me voy dando cuenta, con el paso de las semanas y los meses, de que el verdadero quid de la cuestión no está en “buscar” y “encontrar” algo, sino en la cualidad de la observación, y eso significa profundizar, introspección, y sobre todo ir asentando esa quietud y esa paz que son indispensables para que esa “impersonalidad” se produzca. Esa impersonalidad es la ausencia de diferencia sujeto-objeto…

“Soy” Todo. Es un Todo, sin partes. Solo la Realidad, el Sí Mismo, impersonal. Un Todo; no hay partes.

Y aquí y así sigue el marciano, el venusiano, el saturniano; el extraterrestre, el bicho raro en la blogosfera; el (bastante) incomprendido… casi el ignorado, el apartado. Muchas veces me parece percibir incomprensión e indiferencia, incluso hasta rechazo y alergia a todo lo que huela lejanamente a trascendental. Pero no debo focalizarme en este tipo de consideraciones negativas; al contrario: lo que verdaderamente debo hacer es afinar más y más la mente “en pos” de ese estado de impersonalidad, de saberse, sentirse y “ser Todo”.

Sigo, sigo, sigo, sigo mi camino, el camino. Totalmente solo, imperturbable, trabajando en esa ecuanimidad: solo así tengo claro que se alcanza la verdadera libertad. Y las circunstancias “exteriores” ya pueden ser las que sean, porque somos uno con la realidad. Como comenté en el blog de Tao hace unos días, se trata de…

Persistir, persistir, persistir, persistir, persistir, persistir y persistir.

Una última reflexión: hoy jueves ha sido un día durísimo en cuanto a las cifras de contagiados y fallecidos por el coronavirus. Escucho y veo las noticias, y veo cuánta gente se ha quedado sin empleo y sin ningún tipo de subsidio o ayuda. Me produce una sensibilización y tristeza, porque no soy en absoluto indiferente a la realidad que nos envuelve. Pero la realidad simplemente se desenvuelve. Y a pesar de todo eso, ninguna de estas duras circunstancias externas contradice a lo explicado en esta entrada. Cultivar la serenidad nunca va a ser perjudicial; más bien todo lo contrario.

Me permito añadir una recomendación de lectura. Un muy simpático y divertido artículo en EL PAÍS:

«Días para ser gato».

 

 

3 comentarios en “¡Solo hay pensamientos!

  1. Releyendo lo escrito lanzo una pregunta muy simple: ¿y por qué llamarle a toda esta cuestión, búsqueda o labor, por qué calificarla de espiritual, trascendental, metafísica, sobrenatural o adjetivos de esa índole?
    Simplemente es profundizar y descubrir nuestra verdadera identidad. La verdadera naturaleza de la mente. Como dicen algunos maestros budistas, el estado natural de la mente.

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    1. Gracias por la lectura. Sí, voy a tener mucho tiempo, y en ese sentido me alegro. De todas maneras en toda esta profundización o labor existen distintos niveles; queda bastante reflejado en las explicaciones dadas. Hay escuelas budistas que lo estructuran muy bien. Y la primera fase, como explico, es calmar la mente, dejar de identificarse con los pensamientos, directamente bloquearlos, para que se empiece a manifestar e intuir ese nivel impersonal. Solo después saltas a ese “solo hay pensamientos”, sin tener ya que bloquearlos. Bueno, digo esto por dos cosas. Uno, porque ese calmar la mente no es nada fácil. Requiere tiempo, paciencia, y volver y volver. Es como domar a un pura sangre. La mente es rebelde e inconsistente. No en vano existe una tradición budista que lo llama “la doma del buey” (eso no lo sabía). Y dos, porque en mi caso los distintos niveles se dan y se mezclan de forma muy anárquica. Pero hay avance. Lento pero innegable. Eso es liberador.
      Los gatos… Mía y Atún… qué monos.
      Namastebesos.

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