El nudista espiritual

No se puede entender conceptual o intelectualmente «la iluminación». «La iluminación» es un término o concepto ambiguo, difuso, impreciso, controvertido, discutible y discutido. Provisto desde luego de todo un barniz de esnobismo, falsas creencias, arrogancia, folklore, romanticismo, idealismo, soberbios disparates también y parafernalia de todo tipo (como gurús en la India, con barritas de incienso, guirnaldas en el cuello, ashrams y cientos de devotos embelesados; como acabo de decir, folklore puro y duro).

Entender conceptual o intelectualmente «la iluminación»… otra forma de expresarlo es «alcanzar la iluminación», expresión muy utilizada. Creo que la forma correcta de entender o expresar esto es «llegar a la budeidad», despertar a la verdadera naturaleza de la realidad (y de la conciencia, de «nosotros mismos») de forma completa, cabal, absoluta, perfecta y definitiva. Si es que existe un final para todo esto; si no es que el camino y el caminar son en verdad la única meta. Y la pregunta es la propia respuesta; el que busca es aquello que se está buscando (o a la inversa). Todo esto (lo expresemos como lo expresemos) siempre nos lleva a la misma verdad: la disolución absoluta de toda noción de «sujeto» y «objeto», de toda noción de un yo; a la superación de toda división o dualidad, en la mente y en la realidad. La Mente y la Realidad son lo mismo, y no tienen partes, son algo absolutamente impersonal.

De todas estas explicaciones se intuye (o se deduce fácilmente) que «la iluminación» no puede alcanzarse o entenderse desde el punto de vista intelectual, puesto que no es una idea, un concepto o pensamiento, ni siquiera una cosa o estado particular. Lo único que podemos decir es que «alcanzar la iluminación» equivale a entender que Realidad y Mente son la misma cosa, y entonces nos fusionamos con ello, somos Eso; entendemos que nuestra conciencia e inteligencia (y nuestra búsqueda, anhelo, aspiración o preguntas) deben llegar a la perfecta integración con «Lo que ES». Y perfecta integración quiere decir perfecta identidad, unión, comunión o fusión. No hay diferencia, no hay separaciones ni distancias, no existe «un sujeto» distinto de «la Verdad» o «la realidad».

Es muy curioso, porque después de que me surja la inspiración de escribir sobre todo esto (es quizá irrelevante hacerlo o no hacerlo), la inspiración o el deseo o las reflexiones genuinas, empieza a surgir todo el pensamiento, todos los conceptos, todas las palabras y definiciones… y todo esto tiende a enrollarlo, a hacer parecer más complejo lo que en verdad en muy sencillo. Y entonces «me pierdo» un poco en toda esta maraña intelectual, y se me olvidan las intuiciones primigenias, directas.

Y volviendo al inicio, «alcanzar la iluminación» viene a significar o implica esencialmente un salto, «saltar». Saltas y entonces pasas a encarnar, expresar o ser aquello que realmente estás buscando («la Verdad», «la realización espiritual»). Entonces pasas simplemente a «Solo Ser», a afirmar ese Ser o a irradiarlo, así de sencillo. Puesto que como se ha dicho cualquier aproximación o explicación intelectual ya será un sucedáneo, ya será alejarse, ya implicará un desdoblamiento o dualidad. Lo que ocurre es que todo esto suele llevar un largo y paciente proceso, donde tiene una capital importancia la quietud mental, el detener el pensamiento. Es desde esa quietud que se entiende la integración de todo lo que percibimos (sujeto, objeto, observador, observado, realidad, conciencia, dentro, fuera… todo es lo mismo). Solo desde esa paz o silencio mental se dan las condiciones para saltar. De alguna manera hay que renunciar a pensar. Una de las formulaciones que más utilizo para describir este «funcionamiento» o este «salto» es que hay que dejar de intentar pensar, ver, captar o atrapar «la verdad». Nuevamente, todo esto es una manera de decir que una aproximación conceptual a la realidad no es posible. No puedes pensar la verdad o la realidad; es totalmente absurdo e inefectivo. Y dejar de intentar todo eso equivale a que ya no te preocupas por ello, te olvidas de ello. Todo esto, si lo enfocamos de otra manera, es tanto como decir que alcanzamos la espontaneidad, la naturalidad («el estado natural de la mente»). Justamente «el yo» es una subdivisión dentro de la propia mente, una identidad ficticia, una parte, y la iluminación consiste en darte cuenta de que esta parte es ilusoria, y entonces se supera esta dicotomía y «una parte» de la mente deja de observar a la totalidad de la mente. Solamente de esta manera podrás alcanzar la espontaneidad, cuando no haya una parte que vigila o controla. Esa parte es el yo, y empezar a darte cuenta de todo este proceso es empezar a desactivarlo.

Y aquí estoy ahora… observando la colcha de mi cama, que es de un color azul oscuro y tiene unos redondeles de varios colores (como hechos por un niño, trazos de lápiz). Observo uno de los círculos pequeños, en amarillo, y resulta que me observo a mí mismo. Ese redondel amarillo que «me mira» es la conciencia, sin divisiones, el Sí Mismo impersonal.

Y aquí estoy ahora… escuchando el fabuloso Dixie Babylon del grupo Cracker… y cada una de las notas de guitarra, cada uno de los guitarrazos… soy «yo». Es una sensación muy divertida, refrescante, fascinante. Esto es lo que ocurre cuando quitas al yo de la ecuación. En realidad se puede expresar de muchas maneras: «no hay yo», «el yo no existe», «no hay sujeto u observador», «el yo es Todo», «(no) soy nada», «la Conciencia es la realidad», «todo es el Sí Mismo» o «el sujeto es los objetos»… Todo nos remite a la única verdad o a la conclusión definitiva: se trata de una realidad SIN PARTES. Como dijo el Buda (recogido en uno de sus sutras más célebres): «en lo visto solo lo visto», «en lo oído solo lo oído», etc. Así debemos entrenarnos para entender esa unidad subyacente.

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Se me ocurrió este sencillo diálogo hace pocos días…

—¿Qué estás haciendo? ¿Meditar?

—No.

—¿Entonces… ?

—Simplemente ser. Afirmar.

—Ah…

Podrían mantener este diálogo dos maestros, dos practicantes de meditación o simplemente dos amigos. Parecerá un diálogo bastante simplón, pero en el momento que lo visualicé en mi mente me pareció que expresaba algo muy profundo. Llegados a un punto ya no necesitas (y dejas de hacerlo) buscar, preguntar, perseguir, desear, intentar entender o extraer una conclusión o verdad definitiva, asir, captar o atrapar nada a nivel mental. Si acaso queda el anhelo de efectivamente «alcanzar la iluminación», pero ese anhelo es moderado y queda como actuando en segundo plano, desprovisto de ese carácter obsesivo, compulsivo o incluso doloroso que nos puede acompañar durante muchos años. Siempre será necesario ese deseo, pero podríamos decir que es un deseo bastante noble y purificado, que poco tiene que ver con otros (comprarse una casa, amasar dinero… ). El meditar deja de ser una búsqueda para pasar a ser expresión o afirmación de la naturaleza intrínseca del ser (la naturaleza búdica, la de todos) que, paradójicamente carece de atributos, características o esencia. La curiosa sensación muchas veces es de sencillamente «irradiar de dentro hacia afuera» y de en verdad «no tener que hacer nada». De hecho todo esto lo reflejó muy bien Ramana Maharshi en esta reflexión: «No medites, sé. No pienses que eres, sé. No pienses en el ser, tú eres».

El agua no tiene que esforzarse hasta la extenuación para alcanzar la acuosidad, pues es ya su propia naturaleza. Y sin embargo la mente se esfuerza hasta la extenuación para llegar a entender su verdadera naturaleza, y supongo que debe ser así para progresar. La mente es un potro rebelde y hay que domarlo; y para domarlo es imprescindible observar su comportamiento y entenderlo. Así se llega al punto dichoso donde se entiende que tanto esfuerzo desemboca en abandonar todo esfuerzo. Y el «en verdad no alcanzar nada» deviene al mismo tiempo «alcanzar aquello que tanto hemos buscado».

Muchos años de búsqueda, de inquietudes, de preguntas… en los que uno va comprendiendo que el yo es como un inmenso andamiaje, una construcción, algo superfluo y accesorio que puede trascenderse o abandonarse, a fuerza de profundizar en nuestro interior. Llegado un momento surge la imperiosa necesidad de despojarse de esos ropajes o disfraces, y seguir completamente desnudo. Después de un tremendo chispazo o de un despertar fundamental que experimenté en mi adolescencia, pero también después de más de cincuenta años de andadura.

Y así, al igual que podemos pensar en la metáfora de los trajes o disfraces, podríamos imaginarnos que esa construcción mental y psicológica, esa imagen de nosotros mismos, el ego, es como una cebolla de infinitas capas. Avanzar por el camino espiritual, perseguir la iluminación es ir quitando las capas una a una, pues uno entiende que son accesorias (se experimentó la falsedad o superficialidad de esas capas una vez; se intuyó lo que hay en el centro, el más puro vacío, que es conciencia). Ir quitando capas. Cada idea o etiqueta que nos hemos colgado es una capa de la cebolla, una prenda totalmente prescindible…

«Soy alemán».

«Soy arquitecto».

«Soy mujer».

«Soy muy listo… o soy tonto».

«Soy buena o mala persona».

«Soy cristiano… o musulmán… o ateo».

«Soy de izquierdas».

«Quiero tener muchos hijos».

«Quiero comprarme una casa».

«Amo, u odio tal cosa o a tal persona».

«Soy un escritor increíble… o un bloguero que es la hostia».

«Soy muy popular, soy un encanto de persona, la gente me adora… o soy mejor que tal o cual persona (pringaos)».

«Tengo que hacer esto o lo otro en la vida».

«Esto me gusta y esto me disgusta; esto va con mi forma de ser y de pensar y esto otro no».

Y así hasta el infinito. Cualquier juicio o idea que podamos formarnos sobre cualquier cosa contribuye a una configuración particular, a una identidad individual, a una personalidad. Lo fuerte del caso es que en un determinado momento de tu vida puedes darte cuenta (o tener la honestidad de reconocer) de que todo esto no es más que un puto espejismo; ideas que nos hemos inculcado y aceptado.

Cabría hacerse la última y gran pregunta: si logras sacar todas las capas de la cebolla… ¿queda algo? ¿queda tan siquiera la cebolla? Y si queda algo… ¿cuál es su naturaleza? Este es el gran koan. El Misterio con mayúsculas. La Conciencia es un misterio y algunas personas, por los motivos que sea, acaban enfrentándolo.

2 comentarios en “El nudista espiritual

  1. Soy nadie y todo.
    Pero como tú dices explicarlo a través de la mente lo embrolla.
    (Me ha hecho gracia con qué otras entradas ha relacionado wordpress la tuya: de lámparas, por aquello de la iluminación. Aquí sí se puede decir que son… gilipollas. Ellos o su logaritmo)
    Namastebesos

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    1. Sí, eso es, “soy nadie (y nada) y soy todo” a la vez. Para mí es el misterio de la vacuidad o el vacío, del que ya se ocupa el budismo (sunyata), que es la ausencia de esencia intrínseca (en todo, incluso en seres sintientes). Es muy difícil ponerlo en palabras, pues lo que experimenté una vez sin género de duda (la experiencia directa de Ser, y a la vez la ausencia de pensamiento, doblez mental y observador alguno) sucede “antes” de cualquier pensamiento, justamente. Date cuenta que la mayor parte del tiempo, o en muy buena medida, “pensamos” nuestras vidas y nos pensamos a nosotros mismos.
      Muy gracioso lo de wordpress, la iluminación y las lámparas. Bueno, sí, viene a ser eso, se nos enciende una bombilla.
      Gracias por la lectura y namastebesos.

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